De las pocetas del Malecón a Playas del Este

27 de Agosto de 2019 3:42pm
Redacción Excelencias News Cuba
Los habaneros escapaban del calor sumergiéndose en las piscinas rústicas

Desde los albores del siglo XIX los habaneros escapaban del calor sumergiéndose en las piscinas rústicas en que se convirtieron las primeras canteras que horadaron el arrecife de sus costas.

Los esclavos caleseros debieron ser los primeros en probar  la frescura de un baño de mar cuando conducían a  los caballos de sus amos a limpiarlos del polvo y curarlos con el salitre de las rozaduras de arneses, después de las  largas cabalgatas diarias.

Aquellas pocetas,  algunas hechas específicamente para los baños, tenían generalmente unos doce pies cuadrados, con seis u ocho pies de profundidad, y contaban con peldaños hechos en el mismo arrecife, y el fondo cubierto de arenas además de dos aberturas de un pie, por las que entraba y salía el agua y evitaba así el baño en la costa ante la abundancia de tiburones.

También se les adicionaron techos de madera para prevenir el sol y paredes para evitar las indiscretas miradas, y solo estaban abiertas frente al mar, aunque los trajes de baño hechos de la tela más simple cubrían casi todo el cuerpo de las damas, para frustración de los aficionados a contemplarlas  en su estado natural. 

Baños desde La Punta hasta la Batería de la Reina

Los primeros  baños se extendían desde La Punta hasta la Batería de la Reina, donde está hoy la estatua del Lugarteniente General Antonio Maceo, en el malecón habanero,

A pesar del modesto origen del disfrute del litoral, las clases pudientes también se acostumbraron a los baños, sobre todo en el verano cuando literalmente se acaloraban  bajo la obligada etiqueta: camisas de mangas largas, chalecos y chaquetas, y las mujeres debían vestir con altos cuellos cerrados, largas faldas, sayas interiores de satín o franela y pesados corsés.

Para cumplir con tan selecta clientela se erigieron  construcciones en forma de  bungalós  y villas que  comenzaron a extenderse hacia el litoral de El Vedado bajo los nombres del Encanto, el Progreso y hasta hubo una instalación regentada por un conocido comerciante que con su apellido quiso iniciar una nueva tradición nobiliaria y llamó a su establecimiento  El Palacio de Carneado.

Los propietarios alquilaban estas villas a razón de 100 pesos al mes y las últimas estuvieron en pie hasta la década de 1950, cuando en esos terrenos se extendió el Malecón hasta la zona de la Chorrera.

Sin embargo, la frontera  que constituía el río Almendrares no detuvo la marcha hacia el oeste de los establecimientos veraniegos y hacia  mediados del siglo XIX surgieron los baños en la playa de Marianao, adonde los excursionistas  se trasladaban en coches tirados por caballos en un viaje que duraba dos horas y posteriormente se construyó una línea de ferrocarril.

Allí  fue pionero un catalán llamado Francisco Tuero, quien edificó unas casetas que tenían taburetes de cuero, percheros y un largo ropón de percal rojo, para quienes desearan usarlo.  

Pero el negocio estaba llamado a triunfar facilitado por el relativo fácil acceso y con el tiempo se crearon mejores balnearios que luego se modernizaron y a inicios del siglo XX se transformaron en clubes exclusivos para la burguesía.

Para esos balnearios se erigieron impresionantes construcciones de inspiración electica y francesa  que poblaron el litoral de las playas de Marianao y que llegaron a nuestros días como el Habana Yacht  Club, hoy un círculo social obrero, y el  Havana Biltmore Yacht, actualmente una instalación turística, por solo mencionar dos de los más relevantes.

Las playas del Este de La Habana estaban vírgenes

Pero mientras  el disfrute del mar por parte de los habaneros se realizó durante más de 100 años colonizando  agrestes costas, al Este de la ciudad,  a veinte kilómetros del centro, esperaban las playas vírgenes más hermosas de la región  y que  se mantuvieron en esa condición  por mucho tiempo.

Así la playa Guanabo, que abarcaba Santa María del Mar y  toda la costa de Boca Ciega y Tarara y otras, según  censo colonial en la década de 1850, la habitaban  solo unas decenas de pobladores y durante la guerra de independencia  de 1895 fueron destruidas las pocas casas de la región, hechas de guano y tablas de palma.

Una de las causas del olvido o desconocimiento de las Playas del Este hasta  entrado el siglo XX fue el largo camino de acceso por un itinerario que incluía difíciles  y peligrosas vías, bordeando la Bahía y por el camino de la Villa de Guanabacoa, hasta tomar en dirección a Campo Florido para llegar a la costa en un recorrido que podía tardar más de un día para los carruajes de la época.

La construcción de la Vía Blanca y del túnel  de La Habana, que enlazaron esas playas  en la década de 1950, establecieron el acceso expedito  a las Playas del Este para refugiarse del sofocante calor en las finas arenas y mar tranquilo, muy diferentes a los espacios horadados en los arrecifes aledaños a la entrada del puerto que conocieron los vecinos de la Habana colonial.

 

Se erigieron construcciones en forma de  bungalós
Se erigieron  construcciones en forma de  bungalós

 

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